Las elecciones de la confrontación/

Por Néstor Eduardo/

Opinión Pública y Debate/

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En el año que comienza habrán de celebrarse cinco procesos electorales en sendos Estados de la República: Baja California, Quintana Roo, Tamaulipas, Aguascalientes y Durango. En los tres primeros se elegirán diputados al Congreso local, y en los dos últimos, únicamente ayuntamientos, y sólo para el caso de Baja California, se renovarán Gobernador, Diputados y Ayuntamientos.

No obstante lo anterior, el próximo proceso electoral del 2 de junio, primero en la era López Obrador, estará marcado por la disyuntiva: juicio a expresidentes Sí o No. Lo cual previsiblemente traslapará el tema de la consulta a las campañas políticas, por lo que se prevé una auténtica guerra sucia en lo relativo a la polarización social.

Suponiendo sin conceder, que AMLO haya hecho un acuerdo tácito, con el viejo régimen, en el que estén incluidos tanto partidos como coaliciones exgobernantes, y más aún, con sus principales líderes: como los expresidentes desde Salinas hasta EPN, lo cierto es que dicho acuerdo no puede ser eterno. Los recientes hechos de corrupción, como lo del huachicol, la comisión de la verdad para el caso Ayotzinapa y las declaraciones en el juicio de el Chapo Guzmán, desvelan una profunda confrontación que inevitablemente polarizará a la sociedad y llevará a varios de estos personajes ante la acción de la justicia en un contexto de confrontación electoral, por lo que la designación de candidatos será crucial para distensar las campañas políticas en dichas entidades con el objeto de elevar el nivel del debate y contribuir en la medida de lo posible a evitar la contaminación de un conflicto con las campañas electorales.

Es bien sabido que en un clima electoral de polarización y guerra sucia, el elector apartidista, el ciudadano común se deslinda del proceso y lo que prevalece es la confrontación de las estructuras partidistas y el llamado voto duro, por lo que todos los esfuerzos de civilidad y madurez en la elección de cuadros favorecerá al sacar adelante un proceso electoral en el que, muy probablemente tengamos de antesala, a uno o varios expresidentes en el banquillo de los acusados, por lo que la prudencia y la mesura será oro molido y el mejor de los mensajes como oferta política. Ya que la guerra que se avecina será mucho peor que la del 2006. De lo contrario, se ve difícil que la ciudadanía se involucre y participe con su voto en la designación de sus autoridades, y más aún, será complicado disminuir la polarización social en un contexto de campaña política con un expresidente sujeto a proceso.

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